España no tiene yacimientos de petróleo ni de gas, pero a cambio posee una inmensa extensión de territorio susceptible de convertir el agua y el sol en energía renovable y almacenable en forma de cultivos de biomasa. En definitiva, contamos con un gran yacimiento energético que -al contrario del petróleo- es infinito, natural y especialmente interesante porque se trata de una energía autóctona .

La coyuntura actual invita a la inversión en cultivos de biomasa, tal como muestran los indicadores:

·Precio de los combustibles fósiles disparado y sin perspectivas de estabilidad a corto ni largo plazo.

·Aumento constante de la dependencia energética española del exterior

·Un modelo energético insostenible más a corto que a medio plazo.

·Los daños al medio ambiente y al paisaje provocados por otras fuentes energéticas.

·Ineludible necesidad de cumplir el Protocolo de Kioto

·La posibilidad cada día más patente de incumplimiento del Plan de Fomento de las Energías Renovables

Estos son algunos de los factores que sin duda hacen del fomento de la biomasa uno de los retos energéticos más claros del panorama actual.

La Biomasa al igual que el resto de las energías renovables tiene ventajas indudables, como son su carácter autóctono, el respeto por el medio ambiente, la creación o al menos el mantenimiento del empleo rural y algo tan importante como es su contribución al equilibrio regional debido a su capacidad de repartirse por todo el territorio.

No menos importante es su contribución al autoabastecimiento energético de agricultores y empresas agrarias, la diversificación energética y la generación distribuida geográficamente. Todos ellos son objetivos energéticos compartidos tanto por España como por Europa en general.